La mejor auto-ayuda... ¡está en la cabeza!

Con cafecito, queso y suspiros de los buenos…

Hay días que todo nos parece igual, rutinario. Uno se levanta, trabaja, regresa a la casa, duerme y al día siguiente… uno se levanta, trabaja, regresa a la casa… ya saben. Buenos días hay, como también los hay muy malos, sobre todo en estos tiempos, últimos según los mayas.

Pero aunque parezca totalmente repetitivo, nunca deja de sorprenderme el hecho que por más grande o pequeña que sea la situación, uno siempre aprende algo. Ya sea por algún suceso, persona, hasta por un animal, pero de verdad que nuestras vidas cambian constantemente a diario.

Aproveché la tardecita del lunes para hacer algunas compras. Entré al supermercado y qué les puedo decir, ¡las filas llegaban hasta el almacén! Había muchísima gente, no sé si por “cupones” o qué, pero el ambiente lo sentí un poco cargado. Gente con sus ceños fruncidos, mucha gritería, personas a las que les decías “con permiso” y se quedaban parados en el mismo lugar sin importarles. Pero todo cambió en la fila al momento de pagar.

Justo al momento de colocar mis cosas, me acordé que no había llevado la azúcar, así que regresé a buscarla. Cuando volví, ya una señora estaba en mi lugar con su carrito. Me recibió con un “¿Volviste?” y yo le respondí con una sonrisa. La cajera se tardó más de la cuenta. El caballero anterior a nosotras dos tenía problemas con su tarjeta, y prácticamente nos quedamos para lo último y las personas de las otras filas ya habían salido.

Y es que había algo en ella que no me molestaba. Los otros terminales estaban vacíos y aún así opté por quedarme allí. Pese a toda tardanza o problema, la señora siempre mantuvo buena actitud. Vaciló con los empleados, con el Don de al frente y hasta expresó que el supervisor parecía galán porque subía su ceja como actor de novela. Miró las plantas que llevaba en mi cesta. “¿Qué es eso?”, respondí “Rompezaraguey”. “Ah, esa mata la usaban mucho antes las espiritistas, las cogían y te las pasaban por encima pa’ quitarte todo lo malo”, y con una sonrisita disimulada le enseñé la plantita de manzanilla que tenía, para que cambiara el tema y no sacara a relucir lo obvio, aunque algo me decía que ya lo sabía.

Siguió con sus conversaciones espontaneas sobre cualquier cosa. Hasta le dijo a un empleado que declarara que su vida era una muy buena. Y sin darme cuenta solté varios suspiros de alivio, que aún no sé quién realmente los liberó, si yo o mi espíritu pues me sentía muy aliviada y con buenas vibras. Ante el problema con la tarjetita de la familia del primer cliente, la cajera se disculpó y fue aquí donde dijo lo que me animó a escribir: “Ah no nena, hay que pasarla bien como sea”. 

Se me escapó una sonrisa y comencé a pensar. Realmente todo está en uno mismo. Sólo tú te encargas de traer lo bueno y malo a tu vida. Aquí no hay libro de autoestima, terapias que valgan o conferencias con gente famosa de esas que te dejan tuerto. Todos llevamos una chispa divina en el interior que nos permite vivir nuestras vidas en bienestar y armonía, y la señora del supermercado al parecer la sabe utilizar muy bien. Pues tras que se mantuvo completamente alegre y sin dar señales de molestia o desesperación, nos transmitió esa energía positiva y nos dio una muy buena lección. O por lo menos yo me aseguré de aprender.

Ha sido una de las mejores compras que he hecho en el mercado. Pues la contentura que sintió mi pequeño espíritu fue más valiosa que cualquier ganga que hubiera encontrado. La mejor auto-ayuda… ¡está en la cabeza! Dios la colocó allí.

Como siempre, con amor…

Yeye ♥


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