¡A mover montañas!


A ti… que aunque a veces trato de entenderte y no llego a otra conclusión que no sea que eres un total infeliz, tengo que admitir que tus “sandeces” contribuyen a mi desarrollo…


Lo tan esperado llegó… las vacas flacas que tanto anticiparon. Nunca he sido chica de vivir con las gordas al extremo, pero a diferencia de las flacas anteriores, estas llegaron padeciendo de bulimia.

La noticia cayó como balde de agua fría, mas supe sacar suficiente calor del corazón para controlar la temperatura de aquel golpe. La serenidad y resignación fueron mis mejores consejeras en aquel momento, uno que divinamente ya me habían pronosticado.

Durante días pude mantener el temple, esa fuerza femenina interior que a diario repite un único mantra: “Todo va a estar bien”. Y Todo estuvo bien… hasta que recibí esa llamada.

Salió a colación el tema de mi estatus laboral y quien marcó mi número no hizo otra cosa que cuestionar el por qué de los cambios, como si tuviera derecho. Pero claro, todo envuelto en una que otra risa de burla que se colaba entre las palabras, ese tipo de risa que indirectamente te dice: “¿No sabes el por qué? ¿Será porque eres una buena para nada?” Mi sosera y total indiferencia demostraron un rotundo rechazo a posibles habladurías. Y todo eso mientras hacía un encargo con mis últimos 20 pesos, los que se suponía que me rindieran toda la semana.

Su objetivo tal vez fue derrumbarme, ¿y saben qué? Lo logró. La cajera me miraba con asombro pues, mientras pagaba y hablaba con tal energúmeno, las lágrimas salían solas sin pedir permiso. Llegué a mi humilde hogar destruida, tratando de encontrar esa voz fuerte que siempre me habla, pero al parecer decidió ir de paseo y no me quedó otra que hablarme yo misma, con mi propia voz… “Todo va a estar bien, todo va a estar bien…”

Un cigarro, un buen café y cubitos de queso fueron mi consuelo junto con una luz que encendí a mis hermanos del espacio, para que aunque fuese me dijeran ese “Ay bendito” sanador que suelen dar los vivos de buen corazón. Una vez pasado el trago amargo, seguí con la segunda dosis para un alma herida: el evangelio* en un capítulo titulado “La fe transporta las montañas”.

Entre las letras no hallé los números de una gran lotería ni mucho menos alguna fórmula “alivia-todo”, pero sí comprendí una gran verdad y es el tener total fe en Dios porque nunca nos da a cargar peso excesivo en nuestras espaldas, sólo lo que Él sabe que podemos soportar. Pero tener una fe sincera y verdadera.

Al fin y al cabo el golpe me fue muy útil. Me hizo ver con mis propios ojos que tengo un enorme corazón en donde mi fe se encuentra guardada junto con muchas y buenas cualidades, como una cajita con secretos. Me aclaró que poseo una inteligencia dada por El Creador para que me defienda de “vacas flacas” que atentan con comerse mis carnes y de humanos con almas arrastradas cuyo alimento es la desdicha ajena. Y que hay que confiar a plenitud, pues Dios, a su momento, transportará esas montañas que estorban en mi vida.

Dijo Jesús: “Tened fe en Dios. En verdad os digo, que cualquiera que dijera a este monte “levántate y échate al mar” y no dudare en su corazón, mas creyere que se hará cuanto dijere, todo le será hecho” (San Marcos, cap. XI, v.12, 13, 14 y 20 a 23)

¡Que la fe nunca se pierda del camino de nuestras vidas! ¡A mover montañas, que Dios está con nosotros!


Con amor,

Yeye

*El evangelio según el espiritismo, Allan Kardec. Cap. 19 La fe transporta montañas, pág. 238

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